Aunque tenía planeado este viaje para mis vacaciones de verano, se juntaron los astros para que yo tuviera tres días libres seguidos y decidí que quería escapar de esta prisión en forma de casa de familia americana acomodada que me oprime y (después de cuatro horas y media de autobús) en Washington me planté.
Como surgió todo muy de repente no había planeado muy bien mis minivacaciones (yo soy de ese tipo de persona que lleva apuntado en su cuaderno todos los sitios guays, con direcciones y precios, antes de salir de casa) así que más o menos me dejé llevar por la ciudad.
Mi primera impresión de Washington DC fue que esto no parecía la capital de un país como EEUU, parecía más el pueblo donde yo vivo a veinte millas de New York. Acostumbrada a la gran ciudad, Washington era todo lo contrario: anchas avenidas, largos paseos, casitas bajas, enormes edificios, pero esta vez no a lo alto, sino a lo ancho... y la tranquilidad. Lo que más me llamó la atención de esta ciudad era lo tranquila que caminaba la gente por ella, sin muchedumbres, sin agobios, parándose a esperar a que los semáforos se pusieran en verde... ¡qué descanso, al menos, mental!
Porque la paliza a caminar te la das igualmente en Washington que en Nueva York. De hecho, yo diría que en la capital de EEUU las distancias son muuucho más largas, así que una no puede prescindir tampoco de sus buenas deportivas.
El primer día decidí darme el capricho del viaje. Había leído en internet que Washington DC contaba con un montón de museos y la mayoría gratuitos, pero había un par de ellos que me llamaban mucho más la atención pero que no eran gratis ni nada que se le pareciera, de hecho, eran bastante carillos. Uno de ellos era el Museo del Espionaje y otro el Museo del Crimen. Al final mi gusto por la sangre influyó en mi decisión final y acabé entrando en el Museo del Crimen.
Mencantó. De principio a fin. Aunque más bien al principio, porque el recorrido por la historia del crimen acaba de una manera un poco adoctrinante, permitiéndote ver lo bien que trabajan las policías y los FBIs luchando contra los criminales. El museo recorre la historia del crimen desde la Edad Media (europea, claro, porque América Edad Media tuvo poquita, aunque les encanta imaginársela) hasta el presente, pasando por los crímenes de la piratería, del viejo oeste y, por supuesto, de la mafia. Eso sí, en la zona de asesinos en serie eché de menos a Zodiac, mi favorito, del que apenas se decía nada.
Después de la visita al crimen decidí dar un paseo y recorrer todos los edificios famosos de la ciudad: La Casa Blanca, el monumento a George Washington, el monumento a Abraham Lincoln, un montón de monumentos a un montón de guerras, el monumento a Martin Luther King, el de Jefferson... y se acabó. Ya no podía más. Hacer todo ese recorrido a pie le deja a una exhausta, así que el primer día terminó para mí cogiendo el metro y volviendo al hotel a descansar.
El segundo día estaba dedicado a los museos. Como eran gratis, decidí visitar todos los que el cuerpo aguantase. Empecé por el Museo de Historia de América, que era el que más cerca me quedaba del hotel y el que más ganas tenía de ver. También me encantó. Ya no solo es que lo tengan montado maravillosamente, es que daba gusto ver todas las curiosidades que allí podías encontrar.
Después le tocó el turno al Museo de Historia Natural, que la verdad, no me sorprendió demasiado. Muy normalito y bastante pequeño, con los animales casi apelmazados. Después de haber visto el de Nueva York, el de Washington me decepcionó bastante.
Y por último, le dediqué una visita rápida al Museo del Espacio, que aunque estaba también muy bien preparado, como a mí ese es un tema que nunca me ha llamado demasiado la atención, tampoco es que me fascinase, aunque tengo que reconocer que al que le guste todo lo relacionado con los astronautas y los viajes a la Luna, este museo le va a encantar.
Pero el día no terminaba ahí, ya que lo tenía a mano, me acerqué al Capitolio, otro de los edificios más famosos de esta ciudad, y descansé un poco a su sombra. No era momento todavía de irse al hotel, pues aunque el cansancio ya había hecho aparición, todavía era de día, así que había que aprovecharlo, y, de repente, me vi en El Pentágono. Creo que merece la pena la visita, aunque realmente no puedes apreciar la inmensidad del edificio (ni su forma) cuando estás a sus pies.
El último día iba a ser para mí el más emocionante. Había dejado para el final lo que más me apetecía: ir a Georgetown y visitar los exteriores de la casa que se había utilizado para el rodaje de El Exorcista. La casa ha cambiado bastante después de cuarenta años, pero la escalera lateral por la que se defenestran (voluntaria o involuntariamente) dos de los personajes de la película seguía intacta. Además pude descubrir que Georgetown es un lugar precioso para vivir.
Por último, antes de despedirme de Washington DC, decidí visitar el Museo Nacional de Arte, aprovechando que ofrecían una exposición temporal de los prerrafaelitas, movimiento que tanto me gusta a mí. Este museo también es impresionante y merece la pena visitarlo. En su colección permanente puedes encontrar pinturas de los artistas más famosos del mundo, desde Van Gogh y Monet hasta Velázquez, si quieres barrer un poco para casa, pasando por Van der Weyden, Jacques Louis David y Tiziano.
Y casi sin haberme dado cuenta, el fin de semana se había pasado, pero al menos, había sido bien aprovechado. Me fui de Washington con la sensación de haber visto todo lo que quería ver y habérmelo pasado genial, además de haber descubierto otra forma de "gran ciudad" americana, muy diferente de Nueva York pero también muy interesante.












